
LAS CARTAS SE SALVABAN DEL CONFINAMIENTO DE LA CIUDAD DE BARCELONA A FINALES DEL SIGLO XV.
El CORDÓN SANITARIO COMO MEDIDA DE PREVENCIÓN, Parte I
Sinopsis.
El presente trabajo tiene como objetivo señalar que la correspondencia tenía mucha relevancia para la población de Barcelona en época de pandemia, así, a pesar de la prohibición total de contacto con todo lo que representaba un indicio de su propagación, lo único que estaba exento eran las cartas. En el estudio se parte de documentos primarios y de bibliografía especializada, sobre el desarrollo de varios brotes epidémicos que tuvieron lugar en la ciudad de Barcelona a lo largo de la última década del siglo. XV. La finalidad histórica es obtener, a través de documentos conservados en el Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona, la manera como los responsables de la ciudad de Barcelona se enfrentaban a la epidemia: se activaba un protocolo de defensa del perímetro de la ciudad y del comercio; adoptándose medidas preventivas para combatir y / o evitar que se transmitiera la epidemia al interior de las murallas
Introducción
En el año 1475 se realizó la traducción al catalán del primer manuscrito sobre la peste, originalmente publicado en 1410 por el maestro en Artes y Medicina Valesco de Taranta[1], por manos del doctor en Derecho de Barcelona, Johan Villar, y editado años más tarde por el impresor Johan de Rosembach. La obra se titulaba “Compendi vtilissim co[n]tra pestile[n]cia tret de la font de la medecina e conte en si dotze auisos molt notables notalble per los quals mijansant lo divinal adiutori quiscu seguint aquells sia preservada de la pestilencia. Amen”. El autor expone a través de este tratado las normas preventivas que se recomiendan tomar, principalmente higiénicas y de aislamiento, para evitar que se extendiera la peste a los ciudadanos. Se recomendaba tener en cuenta la contaminación del aire, esquivar los lugares apestados, la evacuación corporal, qué comer y beber, el ejercicio físico, un equilibrio entre velar y el dormir, y finalmente la actitud ante los accidentes del alma.
Cinco siglos más tarde, gran parte de las enseñanzas descritas por Valesco siguen siendo válidas. Las prevenciones relativas al aislamiento de las personas y la higiene son los principales antídotos cuando no se tiene el remedio o la cura definitiva para las enfermedades que la provocan. Pero ¿cuál era la realidad de la prevención de las epidemias en la Barcelona de finales del siglo XV?, ¿cómo afrontaba la ciudad estos continuos brotes epidemiológicos? El objetivo del escrito se encamina en la dirección de conocer las medidas preventivas adoptadas para salvaguardar la salud de los barceloneses, a partir de la documentación relacionada con las epidemias de la última década del siglo. XV y principios del XVI, guardada en el Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona[2] (AHCB). Se intentará analizar cuál fue la dimensión de la crisis que cayó sobre la población, además, de identificar como la administración pública desde el Lloctinet, pasando por el Consell el Cent y la Guarda de las puertas trataban de evitar que el castigo divino cayera sobre la ciudad.
Un caso excepcional de esta prevención es la exención que tenía el correo de guardar la cuarentena, esto se demuestra en la información conservada en el AHCB, que, si bien ha sido visionada ampliamente, no se ha descrito esta singularidad con la suficiente ilustración. En este trabajo focalizamos en la importancia que tenía la correspondencia para los ciudadanos de Barcelona, lo que hizo que fuera la única entidad u objeto que no realizaría la debida cuarentena, en contra de lo establecido para los tejidos llegados por mar, que se guardaban en una zona de las atarazanas, hasta pasar los debidos cuarenta días sin que los mercaderes pudieran recogerlos. Nuestra búsqueda de piezas postales de estos años no ha dado sus frutos. En cambio, si mostramos en las ilustraciones 1 a 3 varias piezas postales del siglo XV y XVI de varias poblaciones catalanas, que nos revelan la forma que tenía la correspondencia de este periodo.

(Ilustración 1, izquierda) 11 de diciembre de 1478 Carta el canónigo de la catedral de Girona dirigida al pavorde de la Almoina (limosnas), con una indicación en el frente que señala “cost 10 diners”. El texto en latín hace referencia a las limosnas recogidas y está fechada en Girona (Gerunda) en la fecha citada.
(Ilustración 2 derecha) 8 de enero de 1448. Primera carta que conocemos con indicación de valor, envuelta con texto compuesta por 17 líneas en latín que remite un notario de Palamós, Guillem de Cervià, al notario de la Bisbal d’Ampurdà, Pere Romaguera, en la cual reconoce una deuda contraída en el año 1440 por el vecino de Palamós, Petrus Moya y emplaza una fecha para su liquidación. En el frente de la envuelta consta claramente la indicación de porte en catalán: “port x d “ (porte 10 dineros

(Ilustración 3) 8 de mayo de 1404. Carta plegada con una regla graduada como demostración de su tamaño de 42 milimetros de largo. Remitida por un tal Guillem Solà, sacristán del municipio de La Pera, cerca de la Bisbal d’Ampurdà al pavorde de la Almoina de Girona. El pavorde era la persona que se encargaba de administrar los bienes y propiedades de la catedral o de los monasterios.
Las epidemias y su incidencia en la ciudad de Barcelona
La documentación de la época, según diversos escritos preservados en los archivos del Principado, concuerdan en la visión que el contagio de la peste se podía contraer por múltiples vectores: la corrupción del aire, la proliferación de gente procedente de sitios infectados, o mediante doctrinas esotéricas basadas en la influencia negativa de los astros, o el castigo divino provocado por los pecados de los hombres. La peste como ira divina es un ejemplo clásico de creencia que encuentra su origen en diferentes textos sagrados, una llamada a la ciudad de Barcelona contemporánea a los brotes de 1489-1490 decía lo siguiente «para tolre muchos pecados y desórdenes cas hacen en la ciudad […] las pestilencias y morteldats vengan por los pecados cometidos”. (Campos y Climente & Camps y Surroca 1998: 50).
Las prohibiciones con relación al contagio y su proliferación también tendrán consecuencias sobre el movimiento de personas dentro del Principado. La llegada de gente procedente de lugares donde había peste suponía un peligro real. Se han recogido ordenanzas que prohibían el traslado de enfermos de peste para evitar que se esparciera la enfermedad. A pesar de las ordenanzas, en casos muy concretos, existían excepciones, por ejemplo, con los mercaderes que venían a Barcelona. La razón por dichas excepciones es que el impacto económico de no comerciar con Barcelona podía significar un daño mayor que el mismo mal. Las normas en la ciudad de Barcelona para prevenir la enfermedad se basaban en la inspección de todas aquellas personas que quisieran entrar en la ciudad. Las personas encargadas de este cometido tenían que averiguar la procedencia, permitir o denegar el paso de los transeúntes, y sobre todo investigar si hacía menos de 40 días que habían pasado o se habían relacionado, durmiendo, comiendo, bebiendo, hablando, negociando etc., con gente procedentes de villas o lugares apestados. (Campos y Clemente & Camps y Surroca 2004; 50-54)

(Ilustración 4) Vista de Barcelona desde la montaña de Montjuic pintada en 1.563 por Anton Van den Wyngaerde, también conocido como Antonio de las Viñas, que pintó las más importantes ciudades de España, para que el Rey Felipe II pudiera conocer cómo eran estas ciudades, sin moverse de la capital. Éste reprodujo bastante fielmente la Ciudad Condal. El recuadro ampliado muestra cómo eran las Drassanes Reials.
Las normas u ordenanzas comunes a todos los lugares fueron, principalmente: El aislamiento de la población; la prohibición a los hostaleros y vecinos de acoger gente procedente de sitios infectos, establecimiento de períodos de cuarentena o «purgación» a aquellas personas procedentes de lugares apestados, plegarias y procesiones, dictado de penas contra el blasfemar, medidas higiénicas; obligación de llevar salvoconductos de sanidad o marcas identificativas del buen estado sanitario (Campos y Clemente & Camps y Surroca 2004; 58)
En la Barcelona en 1476 se dictaron normas que permitían la entrada restringida de ciudadanos enfermos, pero con obligación de hacerlo tan sólo por dos puertas: la de San Antonio y la del Portal Nou. En época de peste o epidemias se instauró una forma de control de los barceloneses que salian a conrear los campos fuera de murallas mediante una marca en una uña de la mano. Ello permitía comprobar rápidamente su vuelta a la ciudad. Al mismo tiempo se evitaba la entrada de mercancías y objetos susceptibles de estar contaminados, especialmente la ropa, cueros, leña procedente de los navíos que fondeaban la zona de playa. Las medidas más importantes en caso de que la peste ya estuviera presente en la ciudad de Barcelona eran los siguientes: esquivar los lugares apestados, asistencia médica, una alimentación adecuada, precauciones adoptadas con los cadáveres y cómo no, las de índole religiosa como rogativas y procesiones y normas con la prohibición de blasfemar. Es por esta razón que durante los episodios de epidemia también se puede establecer un auge en la religiosidad de la población, era pues normal que se ordenese en la ciudad que «Todo el mundo diga una Salve Regina por devoción de la peste». (Campos y Clemente & Camps y Surroca 2004: 74-85; González de Fauve 1996: 81-89)

(Ilustración 5) (1) Portal de Sant Sever. (2) Dels Tallers. (3) Sant Antoni (puerta principal). (4) Sant Pau. (5) Santa Madrona.(6) Framenors. (7) Trentaclaus. (8) Boqueria. (9) Portaferrissa. (10) Santa Anna. (11) Orbs o de l’Àngel.(12) Junqueres. (13) Portal Nou (puerta principal). (14) Sant Daniel.
Para analizar cómo se realizaba la prevención de la extensión de las epidemias en la ciudad de Barcelona, se muestra cuáles eran las puertas de acceso a la misma a finales de la década del siglo XV (ilustración 5). En estos años la ciudad tenía catorce puertas, de las cuales, cinco eran las nuevas murallas edificadas a finales del siglo XIV.
La epidemia de 1490
Una de las medidas que tomó la ciudad de Barcelona para prevenir la peste del año 1490 fue diseñar un cordón sanitario a su alrededor para evitar el contagio de sus habitantes. Un control preventivo que ya debía haberse realizado en anteriores ocasiones de epidemia, pero de los que se no se ha localizado documentación detallada. Estas medidas intentaban evitar la propagación de una epidemia que recibió el nombre de << fiebre maligna punticular>> (VILLALBA 1803: 68-69), lo que ahora se entiende como fiebre tifoidea. Esta enfermedad fue atribuida a los cadáveres insepultos de la guerra contra el reino nazari de Granada entre los años 1489 y 1490, y que se transmitió rápidamente entre ambos contendientes. También se señala que podía proceder de soldados provenientes de la isla de Chipre que lucharon en la guerra de Granada y que propagaron la enfermedad a las tropas, tanto musulmanas como cristianas. En la isla de Chipre se estaba librando en aquellos años una lucha entre la República veneciana y el Imperio turco otomano, y en ella era muy habitual este tipo de enfermedad (VILLALBA 1803; 69). La afectación de esta epidemia entre los combatientes del campo de Granada fue tan significativa, que se contabilizaron diecisiete mil bajas en las tropas de Fernando II por la epidemia, y solo tres mil a consecuencia de las heridas de guerra recibidas en la lucha contra el reino nazarí. La llegada a la ciudad de Barcelona de esta epidemia tuvo lugar en el verano de 1490, por lo que el 13 de agosto de 1490, los Consellers y el Consell de XXXII tomaron las prevenciones necesarias para evitar el contagio a la población (VILLALBA 1803: 70). Las medidas se basaban en el control de los portales de las puertas principales de la ciudad y también de la zona marítima adyacente con la ciudad, así como efectuar una ronda por la parte amurallada. Esta intervención requería de la participación activa de los vecinos de la ciudad, elegidos por los Consellers y el Consell de Cent, y tenían bajo su responsabilidad el control de todas las entradas, que en esa época eran catorce las que limitaban con la parte terrestre, cinco a las nuevas murallas edificadas a finales del siglo XIV: Portal de Sant Sever, de los Tallers, San Antoni (puerta principal), Sant Pau y Santa Madrona; y nueve en las murallas más antiguas: Framenors, Trentaclaus, Boqueria, Portaferrissa, Santa Ana, Orbs o del Ángel, Junqueres, Portal Nou (puerta principal) y Sant Daniel. En época de morbo o epidemia todas las puertas, excepto las principales, permanecían cerradas a los caminantes y sólo se permitía el acceso de los barceloneses que tenían cultivos extramuros. El control se efectuaba en las puertas principales, es decir, la de Sant Antoni, que comunicaba con la parte suroeste, o sea, el camino a Tarragona, y el Portal Nou, que comunicaba con la entrada noreste, o sea, el camino a Girona. El frente marítimo a finales del siglo XV todavía no estaba completamente amurallado, y el control sobre la entrada a la ciudad por esta zona debía efectuarse en la época de prevención, vigilando de forma continua las naves que atracaban en las balizas de madera que se encontraban ancladas en la arena de las playas, mediante un tipo de embarcación denominado “llaüt”[3], propulsada a remos. El control de las puertas, tal como veremos más adelante, era muy riguroso y generalmente las personas encargadas de ello eran escogidos por los Consellers a propuesta del Consell de Cent y estaban compuestos por personas de los cuatro estamentos que componían el Consell: ciudadanos honrados (nobles, doctores en leyes, prohoms), mercaderes, artistas (notarios, boticarios, tenderos, barberos o cirujanos) y artesanos (oficios gremiales). La lista de las personas que hacían esta tarea de control y prevención de la entrada de las epidemias en la ciudad era pública. Sin embargo, no siempre estaban de acuerdo los ciudadanos en realizar este cometido, tal como se deduce de una carta que escribe el notario Jacme Martí al Consell de la Ciutat pidiéndole que se le rebaje de hacer los albaranes de los nombres de los portaleros que custodiaban guardaban las puertas y de hacer rondas por la ciudad, tras tres meses de efectuarlo de forma continuada, tanto él, como un tal Bartolomé Vollo,[4].
La epidemia de 1497
El 18 de julio del 1497 llegó a las puertas de la ciudad de Barcelona otra gran epidemia que motivó la toma de medidas preventivas, y gracias a la documentación guardada en el AHCB podemos conocer como se preparaba el cordón sanitario para intentar aislar la ciudad de cualquier entrada de personas infectadas. Esta vez la enfermedad era la sífilis, una enfermedad de transmisión sexual, que en aquella época en Barcelona se le llamó “morbus gallicus”, por la creencia general de que provenía de Francia, aunque en el país galo la denominaban mal napolitano[5], pensando que procedía de este estado. En realidad, parece ser que era una cepa bacteriana activa que había mutado en América y traída por los primeros colonizadores españoles. Gaspar Torrella, médico, natural de Valencia y obispo prelado de Alejandro VI escribió un tratado sobre este mal, indicando que se manifestaba con úlceras, manchas, pústulas malignas y en dolores por todo el cuerpo[6] (VILLALBA 1813; 69-70), y que los sujetos infectados habían tenido relación con mujeres impuras: “ex-coita cum impura muliere”. El mismo Gaspar Torrella escribió en 1499 otra obra titulada “Dialogus de dolore cum tractatu de ulceribus in pudenda gra-evenire solitis” [7] (VILLALBA 1813; 76), en la que señala que se puede evitar esta enfermedad recluyendo las mujeres impuras y curándolas en un hospicio a expensas públicas, que el ungüento mercurial que se utiliza para intentar curar la enfermedad excita el ptialismo, y que este método debía reprobarse porque murieron con su uso algunos hombres ilustres, y finalmente que las úlceras de pene se sanaban mediante la succión de cualquier persona. La ronda y prevención mediante el cordón sanitario en la ciudad de Barcelona terminó el 18 de octubre de 1497. Habían sido tres meses de control y guarda de la ciudad con el sistema de vigilancia de las puertas principales, litoral marítimo y el intento de control de las zonas fronterizas del Rosellón y la Cerdaña
(Fin de la parte I)
Jesús Sitja Prats
[1] Reproducció digital del Compendi vtilissim co[n]tra pestile[n]cia tret de la font de la medecina: e conte en si dotze auisos molt notables, de Valesco de Tarenta, Barcelona, per mi mestre Joha[n] Rosembach…, 22 de març de 1507. Localització: Biblioteca de Catalunya, sig. Bon. 7-III-26. Visto en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/compendi-vtilissim-contra-pestilencia-tret-de-la-font-de-la-medecina-e-conte-en-si-dotze-auisos-molt-notables–0/html/ffd7e848-82b1-11df-acc7-002185ce6064_36.html. 17 de noviembre, 18:00
[2] Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona bajo la seriación AHCB 1c.v-11/2 Depositado dentro de la clasificación 02.01/1C.V Miscel·lània: Sanitat Pública 1362-1840.
[3] A.H.C.B. Consell de la ciutat de Barcelona.? 02.01/1C . v. 11, p. 2
[4] Ibídem, document 1490. Guardas de morbo.
[5] Francisco López de Gómara en Historia General de la Indias
[6] Vid Epidemiología española pp 69-70
[7] Ibidem p 76.
ENE
2021
