
De los cuatro evangelios canónicos, el único que los cita es el de San Mateo y nos dice que “llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? … y abriendo sus tesoros le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”. Por tanto, no dice ni cuántos eran ni que fueran reyes, sólo que eran “magos” que en el contexto de la época equivale a decir “hombres sabios” y que procedían de Oriente.
En diversas comunidades cristianas se les asignó un número: 2, 3 o incluso 12, al igual que las 12 tribus de Israel o los 12 discípulos de Jesús y así se representan en dibujos de los primeros tiempos. En el siglo V, el Papa León I Magno terminó con estas diferencias estableciendo oficialmente su número en 3 para toda la cristiandad. También se les ascendió a la categoría de reyes.
En la iglesia de San Apolinar de Rávena se conserva un mosaico de mediados del siglo VI en que aparecen por primera vez con sus nombres actuales: Melchor, Gaspar y Baltasar y vestidos lujosamente a la moda persa, llevando un gorro frigio, más propio de los magos que de los reyes.

En los siglos siguientes les vemos representados en número de tres, de diferentes edades y con rasgos caucásicos, vestidos como reyes y a veces con la aureola propia de los santos, como en esta Adoración de los Magos realizada hacia 1.420 por Piero de Giovanni, conocido como Lorenzo Monaco.

También, en ocasiones, se representaba a uno de ellos con aspecto etíope como en el retablo de la iglesia de Santa Colomba de Colonia, realizado por Roger van der Weyden hacia 1.460.

En esa misma década se produce un cambio. Viendo los progresos en las exploraciones portuguesas por las costas africanas, la Iglesia promueve que se represente a los Reyes Magos con diferentes razas, para reforzar la universalidad del mensaje de Jesús. Así podemos encontrarnos en los siglos XV y XVI un rey de aspecto árabe, como lo representa Adriaen Isenbrandt.

De rostro asiático y poco regio, como en esta obra de Pieter Bruegel el Viejo, siempre crítico y mordaz en sus representaciones, en la que el niño Jesús, asustado, se refugia en su madre

O vestido como un cacique brasileño, en esta tabla del pintor portugués Vasco Fernandes.

Sin embargo la representación predominante y que ha llegado hasta nuestros días es la Baltasar con tez oscura, como vemos en esta pintura de Hans Memling.

Miquel Ugalde
ENE
2021
